El recurseo fue la primera característica que describí anterirmente. Esta característica tiene su lado positivo y su lado negativo. Ahora quiero hablar de una que sólo es negativa: la envidia.
Nuevamente, no afirmo que tooodos los peruanos la tengan, pero algo hay en la cultura peruana que manifiesta esta mala actitud hacia el otro.
La envidia es, según la Real Academia de la Lengua (ya me siento Martha Hildebrandt), la tristeza por el bien ajeno (en su sentido más negativo) o el deseo de algo que no se posee (que no necesariamente es negativo).
¿Cómo se manifiesta esto en el Perú (por lo menos en el Perú que yo conozco y en el que vivo)? Fácil. Imagínense esta escena. Están en quinto de media. Entran a una fiesta. Están tratando de buscar algo para hacer y en eso aparece “el pepón de la noche”. Generalmente es un surferito con la camisa afuera y con sonrisa perfecta. Tiene su cajetilla, sus chaquiras en el cuello y su pelo medio largo y quemado por el sol. Llega y ni bien entra, se le acercan los patas, lo saludan como a un artista y luego se va a bailar con la chica más linda de la fiesta. Y así se pasa la noche, bailando con las chicas más lindas de la fiesta, tomando cuanto trago encuentre (pero la sonrisa nunca se le borra) y saludando benévolamente a cuanto ayayero lo quiera saludar. Desde esta escena, tenemos varios posibles personajes a analizar. Pero pensemos en los envidiosos (que suelen ser los ayayeros más cercanos).
Primero los chicos. Recordemos qué frases sonaban en esos momentos. “Ya vino este imbécil”. “Pura cara, nada de cerebro”. “Lo quiero matar”. “Es un huevón”. “Todo porque tiene plata”. “Su viejo es narco”. “Su vieja es puta”. “Con los viejos que tiene, algo de suerte le tenía que tocar”. “Quemado”. “Ese va a terminar mal”. “Seguro a los veinte ya va a tener SIDA por promiscuo”. Y así.
Luego las chicas (refiriéndose a las que bailan con el susodicho). “Claro, con esa falda de puta, cualquiera consigue bailar con él”. “Es puro pelo, pura finta. Ponle el pelo negro y nadie la saca”. “Cuando sea vieja va a tener las tetas y el poto por los suelos”. “¿La has visto en las mañanas cuando se levanta sin maquillaje? Parece un pescado”. “Pero si es horrible”. “Anoréxica de mierda”. “Si no hace otra cosa más que ir al gimnasio”. “Esa no sirve de mamá”. “Dios los crea y los mamarrachos se juntan”. Y siguen.
Con los adultos la cosa se pone más interesante ante el éxito (económico, obviamente, que es el único que parece importar y ser perceptible a la vista) del otro. “Con tremenda herencia, yo también la hago”. “Claro, si se casó por la plata”. “Es un snob”. “Arribista”. “Con la ayuda del APRA (o partido de gobierno de turno), cualquiera”, “Pero si no paga impuestos”, “Es narco”, “Tremendo ladrón”, “Es bueno en eso, pero para otras cosas es una bestia”, “Cómo no va a tener éxito, si tiene a su familia abandonada”, “No es tan exitoso como parece”, “Es pura finta”, “Siempre va a ser un medio pelo”, “Pero si tiene la educación de un animal”, etc.
¿Qué nos pasa? Pareciera que nadie en este país puede ser exitoso por sus propios medios y de manera limpia. ¿Tener algún nivel de éxito implica necesariamente tener algo escondido, haberlo hecho con “trampa” o de lechero? No creo que sea así. No dudo que exista gente que hace trampa, pero ¿por qué siempre estamos juzgando en negativo el éxito de los demás? Yo creo que es envidia. Nada más. A ver qué me dicen.
Gonzalo Cano
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