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En el distrito La Libertad-Cajamarquilla, provincia de Huaraz en el departamento de Ancash, aparte de las festividades de Navidad con escenificaciones del nacimiento de Jesús, con Negritos danzantes que convergen en el pueblo de diferentes localidades y comarcas, se celebran los carnavales con cortamonte llamados “huachihualitos” y velatorio de cruces. La semana Santa es de mucho fervor religioso, de unción piadosa.
Tenemos al Santo Patrón Santiago, llamado con cariño “Shanticho”, celebramos su día el 25 de julio. Su hermano San Andrés, patrón del vecino distrito de Pira, va a acompañarlo en su día en Cajamarquilla. Es un encuentro emocionante de ambos y de su gente en las afueras del pueblo. El santo patrón Santiago, por su parte, va al pueblo de Pira el 30 de noviembre para celebrar el día de su hermano. Son rituales de hace siglos. Son viajes de profunda fe y devoción que hermana a ambos pueblos. En los tiempos antes de la carretera, era gran privilegio para sus cargadores llevarlos en sus espaldas.
La fiesta y celebración central más sonada del año son los del día de la Virgen de Natividad, el 8 de septiembre. La fiesta dura más de una semana, empezando el 31 de agosto, con la entrega de toda clase de obsequios de fuera y de adentro, a los funcionarios de la fiesta que no son pocos. Aparte de los mayordomos, el funcionario principal es el Inca. Las novenas van a cargo de los Mayordomos, con festejos unos mejores que otros, con bandas de músicos, cohetes y avellanas, fuegos artificiales cada noche y banquetes gratis para todo el mundo. El pueblo vive de júbilo cada día. Con ese propósito, los funcionarios se han preparado todo un año. Todo el pueblo, sin distinción, come, bebe, baila y se llena de regocijo por cortesía de los celebrantes. Todo el mundo se olvida de sus problemas en esos días. Casi nadie duerme. Llegan visitantes y delegaciones de residentes cajamarquillanos en muchas ciudades del Perú y el extranjero. Muchas veces no hay ni alojamientos suficientes para albergar a todos. Como andan tan felices y contentos, no les importa si dormir en una habitación o en la plaza del pueblo. Son días de nuevos amores y nuevas amistades, días de recordar por el resto de la vida. Asisten a bailes sociales, marchas y desfiles y muchas otras actividades artístico-culturales propias de la alegría y felicidad. Son días de sol y noches serenas. Llegan danzantes de huanquillas, shacshas, pallas y roncadoras, ricamente ataviados de sus vestimentas típicas de profundo colorido y lujo folklórico. Bailan y cantan sus bellas canciones de hondo sentimiento y amor. Después de rendir su fervoroso saludo a la Virgen en su altar, bailan por las calles y plazas, visitan a los más notables del pueblo, quienes los reciben con regocijo y brindis.
Se dice que si no hubo golpes y peleas de rivales embriagados de chicha de jora de maíz, la fiesta ni fue muy sonada. Desde luego se esperan broncas para esos días, pero sin recurrir a violencias destructivas. Después de la fiesta, siguen siendo amigos y hermanos. El pueblo no es de crímenes ni de delincuencia. Es “La Perla de las Vertientes”, casi un paraíso, de ambiente bucólico y apacible.
Hay años en que participan hasta tres bandas de músicos contratados por los festejantes, que tocan pasacalles, dianas, marchas y huaynos. En esos días, la música triste y sentimental no tiene cabida. Tocan en las calles, plazas y esquinas haciendo gala de su mejor repertorio. El acto central de la celebración empieza con la noche de la víspera del día de la Virgen de Natividad en su Iglesia, bellamente adornada de joyas y reliquias invalorables, hay exhibición de juegos artificiales esa noche, cuidadosamente elaborados por la destreza de los pirotécnicos que, por cierto lo hacen por admiración, devoción a la Virgen amada. Es regocijo de grandes y chicos. El día mismo, 8 de septiembre, se lleva a cabo la misa solemne en la Iglesia matriz. La Virgen sale en procesión adornada de sus atavíos más hermosos, acompañada de bandas de músicos, de pallas, niñas vestidas de ángeles, con inmensos cirios, claveles y azucenas, cuando jóvenes más apuestos se disputan en cargarla en su hombro, ¡la Virgen es el centro de ese universo andino!
Los días siguientes, se realizan corridas de toros en la plaza del pueblo en honor a la Virgen. Muchas veces llegan toreros profesionales para las corridas, invitados por los funcionarios, pero lo más gracioso y esperado es ver la destreza y valentía de los aficionados locales, que se tiran embriagados delante de los toros bravos sin temor al destino de sus vidas, para arrebatarles los enjalmes y moños. Más que alegría, lo que llama la atención es el ruego y la gritería de los hijos y esposas, por el peligro a que se enfrentan sus valientes padres y esposos. ¡Pero, allí nunca se comete la crueldad de quitarle la vida a esos nobles toros! más que todo, es la manifestación de valentía de los toreros, al compás de melodías típicas de las bandas como “El Porfiado”, lo que llama la atención.

El último día es de elecciones de nuevos funcionarios para el siguiente año. Son momentos de despedidas, de emociones y pesares de los visitantes y huéspedes; muchas veces, es apartarse dolientes de los nuevos amores nacidos durante los días de fiesta o simplemente del recuerdo a los días de confraternidad vividos. La ceremonia de elecciones la preside la Virgen en su anda delante de la Iglesia matriz, donde muchos derraman lágrimas al despedirse.
Estos hechos siempre ocurrieron por siglos hasta que el 31 de mayo de 1970, cuando entre otros pueblos y ciudades, un terremoto de 8 grados en la escala de Richter destruyó Cajamarquilla y su Iglesia.
No se sabe exactamente cuándo llegó la imagen de la Virgen de Natividad a Cajamarquilla, pero por algún indicio de datos, fue en el año 1745, tal vez antes.
La Iglesia antigua y tradicional fue de estilo barroco español. Es de asombrarse que a un pueblo que no poseía una carretera moderna como lo es hoy en día, sólo por caminos de herradura, rústicos de entonces, podían los habitantes de ese tiempo transportar los grandes órganos, melodios, las bellas imágenes y sus urnas elaboradas, sobre todo, el altar mayor, tan inmenso de pared a pared, de estilo barroco, de tallados intricados y ricamente repujados en pan de oro puro.
La Iglesia quedó en ruinas, porque era una construcción de adobes y tejas de arcilla pesadas. Sin embargo, para el asombro de todos en esos escombros se halló la imagen de la Virgen de Natividad casi intacta, siempre mostrando la hermosura de su rostro, de sonrisa serena. Ese es el secreto de esa imagen que atrae como un imán a los que la llegan a conocer. Es por esa razón, que ahora como siempre, su pueblo la ama y la venera más.
Ahora como antes, los pobladores de Cajamarquilla, ya no son económicamente solventes. Están dedicados a reconstruir su iglesia, sus escuelas, calles y plazas y otras infraestructuras propias del pueblo. Esas bellas estructuras artísticas, reliquias invalorables, nunca podrán recuperarse, pero con fe y esperanza, Cajamarquilla espera volver al auge de su preciada casa de Dios, de la Virgen de Natividad, “Ñaticha”, como se la llama por cariño.

Cajamarquilla de hoy, es lugar apacible, ameno y hospitalario para los que la visitan. Su gente es afable, generosa, cariñosa. Siempre tienen algo que ofrecer al forastero. Por eso, muchos que llegaron se quedaron por el resto de sus vidas. A veces, el dinero no tiene más valor que el amor y la generosidad. Nadie se queda ni en la calle ni de hambre cuando llega allí. Con mucho afecto será agasajado de su humilde shacui, shinti, mote, papapichu, pogti, huatia, cushara, y, por su puesto, las papas amarillas. ¿Hay nostalgia verdad? Nadie se ha muerto de hambre en Cajamarquilla. El visitante dormirá apaciblemente al concierto del rumor de los ríos, la armonía y fragancia de los campos y sus flores silvestres y pajarillos, a la luz de la luna y la sombra de las montañas azules a la distancia.
(Agradecemos a Rufino P. Ramírez Cóndor por los datos y expresiones en su boletín CAJAMARQUILLA, Lima, 1992.
Por: Efraín Muñoz
NOTA DE REDACCION: El presente artículo fue escrito por el profesor Efraín Muños, ilustre cajamarquillano que vivió y ejerció la docencia en la ciudad de New York, USA, luego de jubilarse de su profesión eligió como residencia la ciudad de Palm Beach en el Estado de la Florida donde falleció en circunstancias accidentales no aclalradas.
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