La adoración Inca al Astro Sol
Wed, September 10, 2008 at 2:11 pm
Además de los aztecas y mayas, la cultura inca fue una de las más grandes encontradas por los españoles a su llegada al nuevo continente. Los incas habitaron las regiones del altiplano de Perú y su poderío era vasto. Hermosas ciudades levantaron donde veneraban a sus deidades siendo la principal la del Padre Sol, el dador de la vida universal.
En todas las culturas, el Sol siempre ha sido reverenciado. Se le relacionaba con el principio de la vida y el temor de los ancestros era que un día, este astro no volviera a salir, acabándose todo vestigio de vida.
Todavía, en estos tiempos que estamos viviendo, los hombres de ciencia afirman que si por alguna circunstancia el Sol se extinguiera, el planeta entraría en una crisis de frío, el cual acabaría con todo vestigio de organismo viviente. La Tierra se convertiría en un gran congelador incapaz de producir vida.
Con tal de mantener contento al benefactor de la vida, los aborígenes construyeron en su honor templos en los que los encargados de llevar a cabo los cultos eran los grandes sacerdotes ayudados por las sacerdotisas. Era una obligación cumplir con las fiestas erigidas al Sol existiendo toda una gama de ceremoniales donde la alegría era motivo de manifestación por tratarse de una celebración de la mayor de las deidades prehispánicas.
Los incas, lejos de ver estos ceremoniales como algo común, exigían a todo el pueblo a participar y para ello era necesario además de una purificación espiritual, someterse a un ayuno de 3 días por lo menos. El alimento consistía en algunos granos de maíz crudo y hojas de coca. El agua que se consumía era en pocas cantidades, siendo repartida a horas específicas durante el tiempo que durara la celebración. Estaba prohibido durante este tiempo que en las casas fuera encendido fuego.
Esta celebración se llevaba a cabo durante el solsticio boreal, cuando el Sol, después de llegar al punto más alto y alejado de Perú, parecía regresar sobre sus mismos pasos para dar la vida y hacer que la naturaleza continuara con sus movimientos. También era conocida esta festividad con el nombre de "Ragmi".
La máxima escala social entre los Incas era quien encabezaba los festejos siendo los Incas, luego seguían los curacas, los grandes señores que habitaban las provincias alejadas de la corte.
Llegado el momento, tanto aristócratas como gente del pueblo, se dirigían hacia la ciudad de Cuzco para rendirle homenaje al Sol y a su representante en la Tierra, el emperador inca. Toda la familia acompañaba a este jerarca y los incas, en el orden que les indicaran su estatus social. Después seguían los curacas, vestidos con sus mejores galas. Sobre la cabeza llevaban una guirnalda de oro y plata. Los integrantes del pueblo llevaban en sus cabezas flores silvestres. La clase acomodada vestía ropa de fina seda bordada, lentejuelas de oro y pieles de animales preciosos. Los guerreros llevaban sobre sus hombros arreglos de plumas de cóndor demostrando la gallardía heredada de esa ave
Mientras que los ricos, durante la trayectoria hacían representaciones de las proezas que los curacas habían hecho en honor al Sol y al emperador, Los incas se cubrían el rostro con máscaras que representaban horribles monstruos.
Al llegar a la plaza de Cuzco, conocida también como "Hancaydata", entraban descalzos con la mirada puesta al oriente esperando ansiosamente la llegada del Sol. Con los primeros rayos, la multitud se postraba en el suelo en regocijo por su aparición y le pedían favores.
Aunque el ceremonial era llevado a cabo por un sacerdote inca, era el propio emperador quien tomaba la dirección del rito. El jerarca se erguía y ofrecía al Sol una copa con licor sagrado. El líquido era vertido en un canal que lo llevaría hasta el santuario, de las gotas restantes se encargaba el soberano y los restos húmedos se repartían entre los príncipes y miembros de la alcurnia peruana. Sólo las vírgenes eran las únicas que podían preparar esta sagrada bebida.
El vaso de oro que había contenido la bebida sagrada era ofrecido al Sol por el mismo emperador y los príncipes ponían los suyos en las manos de los sacerdotes y sacerdotisas del templo. Los representantes de las provincias rendían también su tributo y el monarca presentaba pequeñas figuras de oro con formas de los animales de la región.
Una vez que se daba por terminada esta gran fiesta, los sacerdotes sacrificaban un buen número de corderos y ovejas. Siempre debía haber una de color negro a la que le extraían las entrañas para llevar a cabo el ceremonial para predecir el futuro. La sangre y el corazón de los animales sacrificados eran quemados hasta la incineración total.
El fuego inicial para preparar el fuego del banquete era encendido por el sumo sacerdote, quien colocaba un poco de algodón en medio de un espejo cóncavo del tamaño de una de las cadenas que llevaba en su cuello.
Cuando las condiciones climatológicas no permitían que este fuego fuera encendido de esta manera, era considerado esto como un augurio nefasto, indicando que iba a ser un año nefasto. En este caso, el fuego era encendido frotando 2 maderas secas y el algodón debía guardarse para ser utilizado en el ceremonial del año venidero.
Los alimentos del emperador y los incas eran preparados y servidos por las vírgenes. Los demás asistentes recibían su ración de manos de las demás mujeres. Desde su trono de oro macizo el rey convidaba a los invitados especiales de pueblos aliados y vecinos a beber con él. Luego seguía el turno del pueblo. Cada taza o copa en que bebía el señor era guardada como reliquia sagrada. De esta manera, los incas siempre honraron al Sol como el mayor de los benefactores y le estaban agradecidos por cada día que él apareciera, ya que de esta manera la vida continuaría manifestándose sobre la faz de la Tierra.
Frank Barrios Gómez, Diario de Xalapa
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