Se cumplirán 10 años del fallecimiento del más popular y controvertido animador, quien por 30 años condujo su "Trampolín a la fama" Lima. - Cuenta la crónica de El Comercio al día siguiente del velatorio que la hermana pedía que no fotografiasen con tanto ensañamiento su ataúd abierto. El 2 de febrero de 1999 se efectuó, en cuatro horas y media de raudo ráting, un velorio intensivo: cientos de personas en el mismo "set" donde dirigió su treintañero programa escenificaban su dolor frente al alto y negro --como se decía él mismo-- cuerpo presente. Y, aunque suene a chiste cruel como los que profesaba, el final de Augusto Ferrando Chirichigno fue coherente con el propio trampolín a su fama. Hacía 15 días que acababa de cumplir 80 años cuando sufrió un paro respiratorio a las 11 de la noche en la clínica San Felipe el graduado en Contabilidad Mercantil por el Instituto Domingo Rodríguez, pero quien llegó a ser el más famoso hombre de caballos del país: capataz de caballerizas desde los 14 años, preparador de corceles, como su padre --que lo hizo en el mítico stud Alianza--, desde los 16 y precoz narrador de carreras en Radio Nacional, Excelsior y Victoria desde el prístino hipódromo de Santa Beatriz, pasando por el de San Felipe hasta el de Monterrico. Y luego --vía el hoy peleado Canal 5-- también el animador más ensalzado y vituperado, idealizado y demonizado, el primer abogado de los pobres y el prócer de los excomulgados por los académicos en la historia de la televisión. Y quien sin ambages se convirtió --a partir de 1964-- en un ícono de la cultura popular, criolla, informal, de Pepe el vivo, Carbajal el cholo y Tribilín el negro. Ese 2 de febrero las cámaras registraron el desmayo de cara al suelo, sin consuelo, de la fiel espectadora de San Martín de Porres María Esther Lucanas Navarro cuando vio el rostro inerte de quien un sábado le regaló cincuenta kilos de arroz, cincuenta kilos de azúcar, una cocina Surge y un juego de muebles América, auspicios de Pancho Gutiérrez Mirabal, a quien Augusto ante el pedido irrespetuoso del respetable ("chapa, chapa...") llamó "cara de nalga" y parodió su programa radial "Quiero fallecer"; con el sonido del tecladista Otto de Rojas, alias "Sopa de Leche con Yuyo" y real propiciador musical del "Yo lo descubrí"; además del abrazo inocente de Ingeborg Zwinkel, la "Gringa Inga" y los aplausos rudos de "Viejoleta" Ferreyros. Solo sus sobrinos Carlos y Cora en Guatemala (en Lima había tenido un "aclare" público con uno de sus hijos; hijos a quienes la prensa bautizó: "mantenidos") sabían que el hombre que se había despedido de la televisión clausurando su propio tópico ("un comercial y ya no regreso") dijo que regresaba a morir en el Perú. Cuentan que el 20 de enero, con la respiración entrecortada, abrazó con todos sus alientos a su nieta Paola y se embarcó a Lima, con un balón de oxígeno al lado, para ver a su hermana Rosa, a sus hijísimos Chicho, Juan Carlos y Rubén y a sus leales perros shitzu Rocoso y Rocosa. Y, por supuesto, a su cuñada Julia, de cuya casa en Maranga, y no de su hogar, saldrían sus restos aquel 2 de febrero rumbo al velorio improvisado y rápido en Panamericana (se trata de la otra tía Julia del imaginario peruano, quien originó una novelería popular, incluso en una posterior miniserie). En Lima la insuficiencia respiratoria le fue mermando la fuerza vital y, sin la firmeza de hacía tres años cuando soportó una quimioterapia y gritó: "Reté a la muerte y he ganado", pidió que lo durmieran, porque ya no soportaba el dolor. "Una noche tranquila", rogaba. Y así se fue antes de la medianoche el 1 de febrero. Un familiar le contó a la cronista de El Comercio de entonces que Ferrando exigió también que le cumplieran otro deseo: no quería que se repitiera la vil sobreexposición que padeció en 1984 cuando murió su esposa Mercedes (esa vez personas sin escrúpulos cobraron cinco soles a quienes querían presenciar el velorio): "No quiero que mi partida se convierta en un circo". Y así no fue. Ferrando debía ser coherente con su cosecha: el pan y el circo. Y la peña de su muerte. HONRA Y HONRAS Por su fallecimiento se dieron cita y prisa todos los talentos que había descubierto desde la Peña Ferrando, su itinerante espectáculo de humor político teatral que duró desde 1967 hasta 1982. Y no dudaron en brindar sus condolencias los políticos también (en su programa se escuchó alguna vez el vozarrón cantante de Alan García, el "Negro" amenazó con retirarse si no ganaba Vargas Llosa y un condescendiente Fujimori le pidió luego que se quedara). En el velorio privado, en Miraflores, llegaron dando pésames, qué raro, Xavier Barrón y quien era el ex presidente del IPSS Luis Castañeda Lossio. Al día siguiente, en la misa de cuerpo presente en la iglesia Virgen de Fátima, Piero Solari cantó "Pescador de hombres". Y luego siguió el cortejo fúnebre con vehículos incontrolables hasta el cementerio El Ángel: lo esperaba allí una tumba junto a la de su esposa Mercedes. Y aquí la multitud, que asaltó los techos de las criptas, era igual de fervorosa, esquinera y descontrolada como la que despidió a papá Chacalón o a las brillantes víctimas del Alianza Lima. En medio de la calidez multitudinaria, los ricos también moquean: ya con líos gerenciales en esa época, Genaro Delgado Parker y Ernesto Schütz se prodigaron miradas de desprecio. Rafo Valdizán, de El Comercio, contó: "Entre el San Bartolomé y el San Bernardo estaba la tumba, a la que a duras penas pudieron llegar las personas más cercanas, semiasfixiadas y agotadas. Ya cubierto de tierra, en vano los policías seguían esforzándose en pedirle a la gente que se retirara, que podían regresar para visitarlo en otra ocasión. La ansiedad por ver la tumba de cerca era incontenible. Horas después, las hordas seguían desfilando". Y la defunción continuó. Violeta gritaba sin detenimiento: "Trampolín a la fama" y las masas: "Siempre contigo". Hasta llegó Laura Bozzo, quizá para exigir la posta populista que en el futuro dejaría la imagen de Ferrando, comparada con la de ella, tan inofensiva como la de papá Sinclair en la serie "Dinosaurios". Todo finalizó como fue la vida del occiso: "El ritual se repetía cada cierto tiempo. ¡Allí está Don Pedrito!, palmadas sobre el moreno que tenía que torear cuerpos sudorosos. ¡Chibolín, te manda saludos Magaly!, carcajadas, ya todos se habían olvidado del muerto. La noche caía y los bárbaros no se despegaban de la capilla, ni de sus alrededores... Y ¿qué quedó del dolor, de las lágrimas?". Nada, porque su mejor homenaje fueron los chistes de velorio en su velorio, y en su sepultura. Acusado de paternalista, chabacano, chacotero racional, Rafo León habló del síndrome Ferrando: "Cuanto peor me tratas, más te voy a pedir". Él es un tema perenne y vuelve por ciclos de recuerdos con sucesos polémicos, casi vitalicios, como el del programa "Fuego cruzado" y la participación de Magaly Medina, donde esta se hizo conocida (con los años pasaría a representar el extremo punitivo de lo que aquella vez criticó). Días después de su muerte, el dramaturgo Alonso Alegría se convirtió en casi el único intelectual que lo defendió en El Comercio: "Encuentro en Augusto una expresión cabal de una faceta --quizá no grata para nosotros, criados con libros en casa y cultivados en salas de concierto-- de lo que es, en realidad, nuestra gente". Esa "lindísima gente" que hasta hoy compra publicaciones amarillas que notician maldiciones familiares: es el precio de su fama --aun después de muerto-- y su trampolín. Por: Miguel Ángel Cárdenas M


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