Estudios realizados por la Red de Seguridad y Defensa de América Latina (Resdal), me permite confirmar la hipótesis que la región se rearma. Los países que más recursos dedican a los gastos de defensa son Chile, Ecuador y Colombia, que destinan más del 3% de su PBI a este sector, cuando el promedio regional es de 1,4%. Chile viene jaloneando al resto de América Latina a una peligrosa aventura de sacrificar ingentes recursos para gastos de defensa, reduciendo recursos que deberían destinarse a mejorar la calidad de la educación, la salud e inversión en infraestructura. Chile destina el 3.54% de su PBI para gastos de defensa, es decir 3,313 millones de dólares anuales, casi el 10% de su presupuesto, siendo el mas elevado de la región. Lo lamentable es que esto ocurra en el continente más desigual del mundo, cuyo reto fundamental es la lucha contra la pobreza y la corrupción y, sobre todo, en un país como Chile, que tiene la undécima economía más desigual del mundo, al mismo nivel de Zimbabue y Namibia y donde las prioridades no son pues la guerra y la defensa, sino el bienestar de la mayoría de sus habitantes Latinoamérica gastó entre 1991 y el 2000, 210.000 millones de dólares, lo que equivale a un aumento del 59% en su gasto militar con respecto a la década anterior, por lo que se convierte en la segunda región del mundo que más incrementó su presupuesto, superada sólo por Africa del Norte que lo hizo en un 74%. Bajo este marco, Chile es el país que más gasta en sus FF.AA y sorprende que un país tan pequeño como Chile, destine tal cantidad de dinero a la compra de material bélico, bajo el argumento de siempre: "renovación" de armamentos y que nada tiene que ver con una carrera armamentista. Creen los chilenos que los peruanos y bolivianos y toda la región, somos tan tontos para no darnos cuenta del significado de la compra de 28 F-16, más 2 submarinos Scorpene, cuatro fragatas de la armada holandesa y 100 tanques Leopard II, cuando sólo hace 7 años fueron adquiridos los Leopard I a Holanda, y ya están obsoletos. ¿Quién o quienes están de tras de esta desigual carrera por la "renovación" de material bélico obsoleto, que arrastra justificadamente también a nuestro país?. Pero más allá de la obsolescencia del material bélico chileno, producto de sospechosas tratativas en el Ejército, lo cierto es que si un país apela a la paz y a la integración en su relación con los países vecinos no necesita llenar sus cuarteles militares con instrumentales de guerra, como lo viene haciendo Chile, que contradictoriamente, destina menos del 2% del PIB en desarrollo tecnológico, innovación e investigación. Bien sabemos que para alcanzar el desarrollo, un país debe invertir en estas áreas y no en aviones supersónicos, misiles aire-aire o carros de combates. Chile ha comprado armamento que no existía en la región, por lo que la obsolescencia ya no es un argumento para la adquisición de armas y esto lo saben bien Bolivia y Perú. Probablemente Chile, siga argumentado, que en ningún caso está en una "carrera armamentista" o buscando romper equilibrios estratégicos en la región, pero bien sabemos que hace tiempo ha superado ya el nivel de renovación" de material. La Argentina también se suma a esta tendencia que se generaliza cada vez más en América latina, y junto a ella Venezuela, donde el gasto en armas creció más de 4000 millones de dólares en los últimos dos años con la adquisición de decenas de aviones caza, helicópteros de combate y 100.000 rifles de asalto Kalashnikov, lo que convirtió a esta nación en el mayor comprador de armas de América latina y la colocó delante de otros grandes compradores internacionales de armas, como Paquistán e Irán. Brasil también hace lo mismo. El presidente Lula, ha dejado de promocionar el programa Hambre Cero, de su primer periodo, sustentado en la solemne promesa de conseguir que todo brasileño pudiese desayunar, comer y cenar, ahora, da un giro y anuncia elevar del 1.84 % del PIB al 2.5 % el presupuesto militar, concentrar a buena parte de sus 300.000 efectivos del ejército en la Amazonía y en el Sur, justo donde se acumulan grandes recursos energéticos en tierras indígenas; desarrollar un proyecto de submarino nuclear, diseñar un avión de combate de quinta generación, dar un impulso histórico a la industria militar y promover una sospechosa "profundización" del servicio militar. El gasto militar combinado de los 12 países de América del Sur alcanza los 50.000 millones de dólares, que hubiera servido para beneficiar a 27 millones de familias con proyectos de saneamiento. Aquí nos preguntarnos. ¿Quiénes son los más afectados? Perú, por su parte, que reprocha el plan de modernización chileno porque rompe el equilibrio estratégico militar en la región, también avanza en acuerdos con Rusia y Francia para modernizar su flota aérea y naval e incrementos presupuestales que el 2007 fue de 3560 millones de soles, 4157 el 2008 y 4517 millones de soles el 2009, aproximadamente 1,5% del PBI, porque no puede quedarse a la saga ni relegado en su fortaleza bélica. Así las cosas, y pese a la ausencia de graves conflictos militares en la región en las últimas dos décadas, no sorprende que cada vez sean más los analistas que hablan del resurgimiento de una carrera armamentista en América latina, que podría desequilibrar las fuerzas dentro del continente, con la evidente profundización de la pobreza. Esta lógica de comportamiento alentada por Chile, Venezuela y Brasil de privilegiar recursos para gastos de defensa es diametralmente opuesta a la estrategia de desarrollo de nuestro país cuya prioridad es mantener el crecimiento, la inversión y la reducción de la pobreza y mejorar nuestra posición competitiva. Si somos parte de un continente donde más de 190 millones de personas viven por debajo de la línea de la pobreza, tal como lo afirma la Comisión Económica para América Latina y el Caribe -CEPAL, resulta irracional e injusto que se alimente recursos para armas de la muerte, y tenemos que expresar nuestra preocupación. ¿ O será tal vez, la nueva estrategia del siglo XXI para acabar con la pobreza y dar respuesta a la crisis financiera, energética, de alimentos y del agua que azota al mundo en el 2008, y que puede generar estadísticas más pesimistas en el futuro. Por Edgar Núñez Román Congresista de la República del Perú (PAP) Lima, 9 de Diciembre de 2008


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