Presas del pánico La tierra tiembla durante dos interminables minutos. Los vidrios se desprenden de sus marcos, las paredes se agrietan en nuestras narices. Todos estrujan los celulares. Imposible saber si los nuestros están a salvo. De pronto una luz en el cielo. Y la sensación de que no sobreviviríamos para contarla... Rostros del espanto: la tierra aún se remece y el miedo se ha apoderado de toda la capital. Aun así, fuimos afortunados. Pudo ser peor. Si Pisco fue el epicentro de la devastación, el resto del país vivió momentos de una angustia e incertidumbre sin precedentes. Millones de peruanos no olvidarán la noche del miércoles 15 de agosto del 2007. Será una marca indeleble en la memoria, como una de esas cicatrices que se alojan para siempre sobre nuestra piel. Aquí el resumen de algunos testimonios tomados del portal informativo de la BBC Mundo y otros recogidos por esta revista. "No recuerdo nada igual en mi vida; parecía que nunca iba a terminar. Estuve en estado de shock y no sabía si salir corriendo hacia la calle o quedarme a esperar que el edificio me aplastara de pronto" (Rosalía). Lo peor de un terremoto debe ser la certeza de que la vida propia ya no depende de uno sino de la enfurecida naturaleza. Que no puede hacerse nada, salvo aguardar a que todo termine, lo más pronto posible. El sismo del 31 de mayo de 1970 -que desencadenó la tragedia de Yungay- se sintió en Lima durante un minuto. El del 3 de octubre de 1974 -sexto aniversario del golpe de Estado que encumbró en el poder al general Juan Velasco Alvarado- duró 72 segundos. ¡Qué interminablemente largos se hicieron esos 120 segundos del último miércoles! Suficientes para doblegar los nervios más templados y hacer llorar al más calmo. "La gente gritaba, las paredes se rajaban, las pistas estaban congestionadas, las líneas de teléfono colapsadas... realmente fue una noche de terror" (Rosa). Histeria colectiva. Eso se vivió en las calles. Mujeres llorando, desconsoladas, buscando el refugio provisional de un abrazo, aunque proviniera del primer extraño que se cruzara en su camino. Hombres corriendo en cualquier dirección, impulsados por un motor hasta ahora desconocido: el pavor. Rostros desfigurados por el espanto y la incertidumbre. Bocinazos de autos atrapados en el más absoluto caos, impedidos de avanzar por transeúntes que temblaban tanto como la tierra. Rezos y súplicas dramáticas. Maldiciones. Amenazas de devastadores tsunamis. Y en el cielo, los resplandores que hacían pensar en un castigo divino. "Todo el cielo se iluminó en segundo y, según una amiga que vive en Pisco, los pescadores contaron que habían visto cómo se abría una fosa en el mar y de allí salían unos rayos de luz hasta el cielo " (Juan Carlos). Centro de Lima, miércoles 15, 6.42 pm. El temblor no termina y solo queda rezar. La escena se repetiría a cada paso en todo el país. ¿Acaso el fin del mundo? El terror llegó con una luz que para unos fue blanca, para otros amarilla, aunque también se dice que era naranja, violeta o carmesí. Sea como fuere, el cielo se iluminó. "Me sorprendió mucho ver una luz blanca como de un trueno" (Sandra); "Cambiaba de verde a púrpura, además escuché un ruido" (Yanira); "Observamos fulgores, parecían fuegos artificiales" (Marco Antonio). Al final, el alivio de saberse vivo cuando se ha visto la muerte tan de cerca, a un tiro de piedra. "¿Quién iba a pensar que pasaría algo así? En la mañana, después de varios días de intensa lluvia y de frío, el sol por fin había salido" (Meche). Tras una hora de terror, angustia e incertidumbre, millones respiramos más tranquilos. Estábamos vivos, lo peor había pasado para nosotros. ¿Por qué no entra la llamada? Diez millones de celulares se colgaron la noche del miércoles. Los teléfonos fijos tampoco servían. Llueve sobre mojado... Una vez que el terremoto cesó, la imagen más recurrente que podía verse en las calles era la de los peruanos intentando comunicarse por teléfono con sus familiares y amigos. Cualquier esfuerzo resultaba completamente inútil, sin embargo. El sistema de telefonía había colapsado. Y la decepción inicial dio lugar a la legítima indignación. "Apenas terminó el terremoto quise llamar a mis padres, a mi mujer, saber cómo estaban mis hijos, pero fue inútil. Mi celular estaba muerto. Nunca sentí tanta indignación: un servicio elemental como el teléfono no funcionaba en el peor de los momentos" (Luis). En las esquinas, los transeúntes, asustados por la suerte de los suyos, marcaban con insistencia los botones de sus celulares. Ninguna llamada entraba. Apenas se leía en las pequeñas pantallas el mensaje: error de conexión. Los 10 millones de usuarios de teléfonos móviles en el Perú sufrían, todos, el mismo trance. Lo mismo ocurría con los teléfonos fijos. Y con los públicos. Largas colas se formaban frente a estos. No había cómo establecer comunicación. "Trataba de hablar con mis hermanos y mi madre, ¡pero las líneas estaban muertas! Eso agravó las cosas, después del susto, la incertidumbre, la indefensión: la policía, los médicos, los bomberos... nadie se podía comunicar" (Rebeca). El presidente Alan García hizo mención al tema durante su mensaje. Cuestionó a las autoridades municipales que impidieron la instalación de antenas de telefonía con el argumento de que "provocan cáncer y otros males". Carlos Oviedo, representante de Telefónica del Perú, explicó que el sistema colapsó por la saturación de las redes, ocasionado por el inusual tránsito de llamadas. Bueno, ¿qué otra cosa podía esperarse después de un desastre como el del miércoles? "Lo peor, sin duda alguna, fue el colapso de todas las redes telefónicas, fijas y móviles. Era imposible llamar a cualquier parte, incluso al vecino ubicado a un metro de distancia. Obviamente, la capacidad de las redes no es suficiente para la demanda que hay" (Pepe). Llovió sobre mojado. El terror que provocó el sismo derivó, luego, en desesperación. Al cabo de media hora, las líneas seguían bloquedas, todos incomunicados. Los rumores nos rodeaban. Leyendas urbanas en los buses y paraderos, en boca de los siempre locuaces taxistas. Una noche que sin duda merece el calificativo de inolvidable. Mantenga la calma, amigo oyente... Eduardo Lindo Collantes se mantuvo en el aire. Claudio Chaparro Lima. 6.41 de la tarde del miércoles 15. El periodista Eduardo Lindo Collantes conduce el programa 'Mesa de Diálogo' en RPP. Lo acompaña Patricia del Río. Ambos hablan de la huelga médica. Tras el primer remezón, Eduaro Lindo dice lo siguiente: Lindo Collantes se pasó los dos minutos buscando mitigar los miedos de sus oyentes. "... conserven la compostura..., en estos momentos está pasando un temblor..., seis y cuarentaiún minutos de la tarde..., guarde usted la calma, la compostura, quédese tranquilo y desplácese por las áreas eeeeh..., más próximas a..., vamos a..., sí..., salimos del aire..., ah, sí..., seguimos aún en el aire, mantenga la calma, amiga, amigo oyente..., estamos pasando un temblor...". En ese instante ingresa a la cabina de transmisión Jesús Miguel Calderón, jefe de informaciones. "... sí, sí..., el temblor está cada vez más fuerte -dice Calderón-, hay que mantener la calma..., continúa el temblor..., continúa..., vamos a ver si se reportan nuestros corresponsales..., sigue prolongado..., a ver, vamos bajando, despejando el edificio poco a poco...". Lindo Collantes interviene: "... parece que ya está aminorando la intensidad..., estamos estabilizándonos..., poco a poco..., parece que está reduciendo la magnitud...". Patricia del Río (en estado de gestación) abandona la cabina. Calderón la ayuda. "... ya retornamos, Eduardo, para acompañarte..." "...claro que sí, Jesús Miguel -dice Lindo Collantes, quien en ese momento se queda sólo con el operador Ricardo Porras-, amigos, estamos en una zona sísmica, este remezón que hoy afrontamos es parte del cuadro geológico en el que estamos ubicados...". Ahí comienza el segundo remezón. El periodista sigue: "...aún se mantiene el sismo..., no para..., en algún momento se había reducido..., pero ahora continúa..., vuelve a remecerse..., de manera..., vamos a retirarnos del edificio por razones de seguridad..." (Lindo Collantes piensa ahí que salieron del aire. El operador le dice que no y él regresa). "...bien, estamos al aire..., seis y cuarentaitrés minutos de la tarde, realmente ha sido un sismo de lo más prolongado....". Consultado por Domingo, Lindo Collantes refiere: "Mientas hablaba me sentía como en una mecedora, bailaba sentado. Decidí quedarme al frente, con el operador...". Eduardo Lindo Collantes fue de los pocos que mantuvo la compostura durante esos dos interminables minutos. Muchos recordaron la voz tranquilizadora de Miguel Humberto Aguirre durante los apagones que provocaba Sendero Luminoso en los ochenta. Lo cierto es que esa noche, sin comunicación telefónica, muchos se pegaron a las noticias de la radio y la televisión. Era indudable que el terremoto había causado destrucción y mortandad. Todos queríamos saber dónde. Entre el caos y la tensión A las 7.41 de la noche del miércoles Lima era el centro del caos generalizado. Una hora después del sismo la tensión se apoderó de la gente que, sin posibilidad de saber de sus familiares a través del celular o los teléfonos públicos o de oficinas, se lanzó a las calles en procura de llegar a sus hogares. Sin embargo, la capital hirvió de angustia y aglomeración. Los buses y combis desbordaron su capacidad. Hubo quienes treparon a camiones con tal de avanzar unas cuadras. Los taxistas se negaban a ir a zonas distantes o cobraban tarifas exorbitantes. Ir del centro de Lima a Jesús María, por ejemplo, demandó más de una hora de viaje, entre atolladeros interminables y discusiones. Muchos -al pasar los minutos sin poder trasladarse ni saber de los suyos- se echaron a llorar en plena calle, en las esquinas, en los paraderos que cada vez se llenaban de más gente. Los apagones, en varios lugares de la ciudad, ahondaron el nerviosismo. La desesperación por llegar a casa precipitó el desorden callejero. Dos horas después del sismo, la calma llegó de a pocos. Algunos restaurantes tenían afluencia. El tema obligado era "¿dónde te cogió el sismo?" Después de las diez de la noche, como nunca, las calles de Lima y Callao lucían vacías, casi desiertas. La gran mayoría de personas ya estaba en sus hogares, en familia, muchos a oscuras, tratando de olvidar esos larguísimos dos minutos de pavor. Por: Enrique Patriau


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